Europa: silencio, servilismo, suicidio

Europa: silencio, servilismo, suicidio

Se impone trabajar hacia un marco que articule una masa crítica desde una lógica defensiva dirigida a preservar derechos costosamente logrados, porque, como aseveró Montesquieu: «Para que el poder no sea objeto de abuso, es necesario que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder».

Las conversaciones cotidianas oscilan entre dos motivos: el hastío por la política nacional y el espanto por la otra. En ambos casos la respuesta dominante se parece mucho a lo que los psicólogos llaman indefensión aprendida, aunque una apreciación más fina invita a recuperar el diagnóstico de La Boétie: servidumbre voluntaria. Este escrito se ocupa de Europa, cuya respuesta ha oscilado hasta ahora entre el silencio, el seguidismo y el servilismo. Tres recetas para el suicidio. Como señala el historiador alemán Philipp Blom: «De aquí a unos 10 años, una Europa colonizada (…) podría acabar siendo una serie de dictaduras vasallas y de poca monta, sometidas a sus amos extranjeros».

Europa ha estado ausente en las negociaciones sobre Gaza y, más acuciante, las relativas a Ucrania. Veremos si hay otra respuesta respecto a Groenlandia. Su mutis constituye un baldón para las instituciones, las fuerzas políticas y la sociedad civil con sensibilidad democrática. También corresponde a la ciudadanía alguna responsabilidad en el conformismo del desconcierto. Hay precedentes: el sonambulismo que desembocó en la imprevista Primera Guerra Mundial y el empeño en apaciguar a Hitler con concesiones antes de la Segunda.

Europa y el mundo atraviesan momentos decisivos, por eso los actores sociales tienen, tenemos, la responsabilidad de movilizar todos los recursos, empezando por la claridad mental en el diagnóstico. Hay un motivo inmediato que debería impulsar esa movilización. Antes de las determinantes presidenciales de Francia el año próximo, en abril tienen lugar unas elecciones, también cruciales por lo que representan, en Hungría. Vuelve a ser candidato Viktor Orbán, que la internacional ultraderechista venera como modelo. Un modelo que ha atropellado la libertad de prensa, ha establecido un orden entre caciquil y mafioso (Orbanomics) y mantiene alianzas con los principales enemigos de la democracia y de la Europa ilustrada. En el inicio de su campaña estuvieron presentes todos los líderes de la extrema derecha europea, Trump y Netanyahu mandaron mensajes de apoyo. Su rival, el líder del partido de centroderecha Tisza, Peter Magyar, no ha contado con nada parecido. Hay que recordar igualmente la intervención directa e indisimulada de Trump en las elecciones argentinas en favor de Milei y no cabe excluir algo parecido en Hungría.

El silencio ha sido la pauta dominante ante la política actual de EE UU, expresada no solo en el desprecio del derecho internacional que nos devuelve a la ley de la jungla, sino en la aspiración de reducir a Europa y al mundo a una condición de vasallaje. El ninguneo en las negociaciones citadas no es todo. Hay una injerencia apoyando explícitamente a los partidos de extrema derecha. La pauta la marcó el vicepresidente J. D. Vance en Múnich, hace un año, el 14 de febrero de 2025, en un encuentro de alto nivel con un discurso entre la regañina matona y una arenga a los enemigos de los valores europeos que fue aplaudida por AfD. Leyendo ese discurso se ve que el ‘maelstrump’ no ha surgido por generación espontánea. Como Stephen Miller, Vance es una figura clave en el embate iliberal, reúne a las diferentes ramas del trumpismo y es una pieza central de la agenda ultraconservadora reflejada en el Proyecto 2025 de la Heritage Foundation.

Los partidos no están a la altura de estos desafíos y gastan la mayor y mejor parte de sus energías en banales trifulcas internas, esquinando la cuestión crucial de la supervivencia de una Europa que representa, con sus lagunas, el marco normativo construido sobre el imperativo del «Nunca más». Precisamente, es esa lección de la historia la que torna vergonzoso el silencio ante la secuencia de atrocidades y abusos que afectan al destino de la Humanidad y al suyo propio. Y vergonzosa la miopía de los partidos españoles inmersos en una estrategia de polarización que favorece a los extremistas y alienta la desafección ciudadana. Pensemos qué habría ocurrido si en la Alemania de Weimar se hubieran unido contra la amenaza fascista los partidos socialdemócratas, comunistas y liberales. Sabemos lo que ocurrió por no hacerlo.

Europa debe pertrecharse para no sucumbir a las amenazas de los autócratas del momento, aprendiendo de la experiencia de hace 80 años, y a la vez cuidar de no incurrir en un militarismo que aventa el fin del tratado de control de armas nucleares vigente durante los últimos 54 años. Se impone trabajar hacia un marco que articule una masa crítica desde una lógica defensiva dirigida a preservar derechos costosamente logrados, porque, como aseveró Montesquieu: «Para que el poder no sea objeto de abuso, es necesario que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder».

Martín Alonso y F. Javier Merino son autores de ‘Alquimistas del malestar. Del momento Weimar al trumpismo global’.

El diario vasco (7.02.2026)