
Algo peor que el derecho internacional
El problema de Trump no es solo que erosione el derecho internacional. Es que erosiona su propia palabra.
Cuando ETA empezó a filtrar sus negociaciones, el PSOE hizo circular uno de sus razonamientos más peregrinos: si matan, ¿cómo no van a mentir? El buen argumento era el inverso: porque matan no pueden mentir. Su credibilidad es un activo estratégico. Si anuncian algo y no cumplen, su amenaza no sirve.
Es el axioma de la mafia: una amenaza solo será eficaz si es creíble; y para ser creíble, no cabe faltar a la palabra. La lógica de la venganza: irracional en sentido estricto -no repara el daño y a menudo lo agrava-, pero racional como mecanismo reputacional. Porque implica costes y disposición a asumir pérdidas, funciona como señal y advertencia. El siguiente se lo pensará.
En mundos sin ley, la confianza es un recurso de supervivencia. Como explicó Diego Gambetta en Trust, la confianza nos permite estar razonablemente seguros de que el otro cooperará en una situación en la que podría ganar más engañándonos. Allí, la palabra empeñada y la ejecución de la amenaza son las únicas instituciones. Si la palabra se devalúa, el poder desaparece. Y lo mismo opera cuando la ley no está respaldada por la fuerza, como sucede con el derecho internacional. Trump no debería olvidarlo. Si, como ha dicho, prescinde del derecho y su único límite es su moralidad, debería cuidar su palabra. Si no, nadie lo tomará en serio.
Su política arancelaria ha mostrado lo que vale su palabra. Con Irán ocurrió con el acuerdo de 2015, que abandonó sin más. Ahora ha repetido el patrón. Hace poco, Steve Witkoff y Jared Kushner participaron en negociaciones con Teherán descritas como «exitosas»; diez días después, ya ven.
EEUU no puede escapar al dilema: el derecho o la palabra. Nadie quiere acuerdos que no valen nada, piensan rusos y chinos. No quieren repetir el error de Gorbachov cuando, basándose en garantías verbales, aceptó la unificación alemana y la disolución del Pacto de Varsovia a cambio del compromiso de que la OTAN no se expandiría «ni una pulgada hacia el Este».
El problema de Trump no es solo que erosione el derecho internacional. Es que erosiona su propia palabra. Sucede que cuando el negociador no sabe a qué atenerse, se protege frente al peor escenario. Y si todos descuentan lo peor, lo peor se vuelve probable. No hay equilibrio estable. La imprevisibilidad (la estrategia de «hacerse el loco») no es una estrategia: o no es creíble o es una invitación al miedo. Un mal asunto. Acuérdense de 1914.
El Mundo (10.03.2026)