
Susan Neiman: «Me parece irreal estar 80 años después en Estados Unidos escribiendo sobre fascismo»
El mundo de par en par
La filósofa, azote del movimiento ‘woke’ desde la izquierda tradicional, propone en su nuevo ensayo una historia alternativa de la filosofía. Y observa a Trump: «Cuando alguien comete abusos con una sonrisa y los niega, estamos en otro nivel».
Susan Neiman (Atlanta, 1955) es una filósofa y escritora estadounidense. Formada en Harvard bajo el asesoramiento y dirección de John Rawls y Stanley Cavell, ha impartido clases en la Universidad de Yale y en la Universidad de Tel Aviv. Desde hace dos décadas dirige el Foro Einstein en Potsdam (Alemania). Además, es coautora de World on the Brink: How America Can Beat China in the Race for the Twenty-First Century (PublicAffairs, 2024), un revelador ensayo sobre la nueva guerra fría tecnológica con China que se ha convertido en bestseller en Estados Unidos.
El libro ahora reeditado en España, El mal en el pensamiento moderno (Debate), plantea una tesis provocadora: el problema del mal —el sufrimiento inocente y la crueldad humana que «amenaza nuestro sentido del mundo»— ofrece una clave para leer la filosofía moderna más fértil que la tradicional, centrada en qué podemos saber.
PREGUNTA.La última vez que hablamos, hace casi dos años, fue a propósito de Izquierda no es woke. En tan poco tiempo, da la impresión de que el debate sobre lo ‘woke’ parece arqueológico.
RESPUESTA.Ojalá. No es arqueológico en absoluto. Ha tenido efectos políticos muy concretos. Hemos visto, en Estados Unidos, pero también —y tristemente— en otros lugares, cómo lo woke contribuyó a la victoria de fuerzas de extrema derecha. Hay encuestas e información sobre esto. Lo que más me sorprendió fue comprobar hasta qué punto el debate más interesante sobre ese libro se produjo en español: de Chile a México. Al viajar por América Latina oí con claridad cómo el rechazo a lo woke y, sobre todo, la incapacidad para distinguirlo de la izquierda, estaba afectando a la política.
P.¿En qué sentido?
R.Por ejemplo, en Chile resultaba evidente. En Brasil pudo ocurrir: Lula ganó por muy poco y el tema sigue ahí. Recuerdo anuncios de Bolsonaro diciendo que, si Lula ganaba, haría «todos los baños neutros». Y pensé: esto es una locura. También hubo polémica de baños en Chile. Dos países con tradiciones socialdemócratas fuertes y con memoria reciente de haber superado dictaduras… y estaban discutiendo sobre baños.
P.¿Cuál es el problema de fondo?
R.La confusión sobre qué es la izquierda y cuál debería ser su agenda. La atención se desplaza a cuestiones simbólicas y menores —no menores para quienes las viven, pero sí fácilmente instrumentalizables— y se abandona lo que importa al 99% de la población. La derecha usa esa confusión con enorme eficacia.
P.¿La izquierda tiene una vía de salida?
R.Tiene que clarificar qué defiende y hacia dónde quiere ir. Acabo de terminar un libro nuevo —se titulará algo así como Call It Evil: Understanding the Trump Era— donde dedico un capítulo a por qué lo woke parecía una salida y no lo era, y un capítulo final sobre cómo pensar un socialismo útil y orientado al futuro, no necesariamente marxista.
P.Su ensayo sobre el mal se publicó originalmente en 2002. El mundo ha cambiado mucho desde entonces.
R.Pero el cambio decisivo no es solo tecnológico: es moral y político. En 2003, por ejemplo, al justificar una guerra, todavía se intentaba presentarla como defensa de la democracia o de la seguridad, aunque esos argumentos se desplomaran. Se ofrecían justificaciones distintas, se intentaba vestir el acto de virtud. Hoy hay líderes que ni siquiera lo intentan. No es solo un rasgo de una persona: es un estilo. Y eso cambia el clima moral.
P.¿Se refiere a Trump?
R.Trump es un ejemplo evidente, pero no el único. Cuando alguien ya no justifica, cuando comete abusos con una sonrisa y niega lo que todo el mundo ve, estamos en otro nivel. Pensemos en cómo la evidencia visual convive con la negación: un asesinato grabado por decenas de móviles, y aun así un poder político insiste en que no hemos visto lo que hemos visto. Ese cinismo abierto deteriora cualquier idea de ley, de verdad pública y de relación internacional.
P.Precisamente, porque todo queda grabado, se altera nuestra experiencia sobre el mal.
R.Creo que altera sobre todo la mediación, no necesariamente el contenido. Hay expertos analizando este asunto. Lo que yo intento ofrecer es otra cosa: pensar qué entendemos por mal, qué hacemos con esa palabra, cómo distinguimos explicación y justificación, cómo mantenemos el juicio moral sin caer en la propaganda.
PREGUNTA.Su libro propone una historia alternativa de la filosofía moderna organizada alrededor del problema del mal. ¿Qué ganamos con ese enfoque?
RESPUESTA.Ganamos ver el punto de la empresa filosófica. Fui formada en filosofía en instituciones excelentes, con maestros extraordinarios. Pero el relato dominante era: antes de Kant (o incluso antes, desde Descartes), la filosofía se ocupa de grandes preguntas; y después, durante 250 años, la filosofía se obsesiona con si conocemos el mundo, si podemos probar que existe, etcétera. Yo llegué a la universidad habiendo leído a Sartre, Nietzsche, Beauvoir, interesada por la libertad, el sentido, cómo vivir… y de pronto me encontré con cursos centrados en demostrar la existencia del mundo externo. Me parecía una desconexión: el mundo real tiene problemas más graves. Y, sin embargo, esa lectura era el centro de la disciplina.
P.Kant estaba de su parte.
R.Sí, Kant, en el prefacio de la Crítica de la razón pura, dice que esas cuestiones interesan sobre todo a pedantes y eruditos. Eso me empujó a leerlo de otro modo. También recuerdo debates como los que generó un libro muy influyente que concluía que, si la filosofía es eso, debería detenerse. Yo pensaba: si el proyecto filosófico se reduce a discutir si conozco el lado del tomate que no veo cuando lo miro, entonces quizá no merece la pena. Lo que animaba a los grandes filósofos era otra cosa: la brecha entre cómo es el mundo y cómo debería ser. La atrocidad de la injusticia, el choque entre realidad y aspiración moral. Esa es una intuición que tienen los niños. Por eso textos como el Libro de Job siguen diciéndonos algo, seamos religiosos o no. La pregunta de fondo es: ¿podemos soportar un mundo donde los inocentes sufren, donde los miserables alcanzan poder, donde la arbitrariedad se repite? ¿Podemos comprenderlo sin rendirnos, encontrar o crear sentido? La gente no vive obsesionada con la epistemología. Vive obsesionada con estas preguntas.
P.En su obra aparece una distinción importante: podemos juzgar acciones como malvadas, pero es más delicado llamar ‘malvada’ a una persona. ¿Por qué?
R.Porque llamar malvado a alguien puede convertirse en una polemización peligrosa. Y además, no creo que una intención malvada sea condición necesaria para cometer o ser cómplice de acciones malvadas. Hay mal sin intencionalidad demoníaca.
P.¿Ahí entra la famosa idea de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal?
R.Sí. Estoy muy influida por Arendt. Incluso si su teoría no encaja perfectamente con el caso concreto que estudió, encaja con millones de personas sin las cuales los grandes criminales no podrían operar. La banalidad del mal no significa que el mal sea banal en el sentido de poco grave. Significa que puede presentarse con rostro burocrático, mediocre, cotidiano.
P.A veces se piensa que detrás, o por encima, del mal banal hay un foco malvado, una fuente demoníaca.
R.No lo creo. Pensemos en el cambio climático. Es un caso perturbador porque mezcla lo natural y lo moral: vuelve, en cierto sentido, a épocas en que no se distinguían con claridad. No creo que empezara porque alguien quisiera destruir el planeta. Empezó porque la gente no pensaba, ignoraba, miraba a otro lado; y, por supuesto, porque intereses económicos hicieron lo que hacen: maximizar beneficios y minimizar obstáculos, incluso cuando había señales tempranas de peligro. Ese tipo de ceguera, de autojustificación, puede conducir a males enormes sin necesidad de una voluntad satánica.
P.En el libro aparece una tensión: hay quien cree imprescindible hacer inteligible el mal para poder combatirlo; otros temen que, al explicarlo, lo estemos justificando.
R.Exacto. Explicar no es justificar, pero es cierto que, a veces, sentimos que explicar se parece mucho a justificar. Quien está horrorizado ante un desastre —el terremoto de Lisboa, Auschwitz, Gaza— puede decir: «No lo expliques; no lo suavices; míralo de frente». Y quien quiere actuar dice: «Si no entiendo, no puedo hacer nada». Mi posición es que hay que sostener ambas intuiciones en un equilibrio incómodo. Debemos comprender sin convertir la comprensión en excusa.
PREGUNTA.Le pido una mirada sobre la situación política actual en Estados Unidos y su impacto global. En el resto del mundo hay muchas gente que, sin idealizarlo, lo ve como un líder que pone orden.
RESPUESTA.Es una visión cortoplacista, como la de quienes apoyan a un líder por un problema inmediato sin ver el daño al marco general de derechos humanos y Estado de derecho. Si se rompe el marco, luego nadie está a salvo. Ahora, déjeme ser directa. Estoy en Estados Unidos, en Los Ángeles, como residente en un programa ligado a la memoria del exilio europeo. Y me resulta casi irreal estar aquí, ochenta años después, escribiendo sobre fascismo. Lo más alarmante es que figuras del propio aparato estadounidense han descrito a Trump como «fascista hasta la médula». Hoy, con lo que vemos, esas tendencias se han convertido en acciones plenamente fascistas, y sin embargo los medios prefieren hablar de «autoritarismo». Cuanto peor se pone todo, más suave se vuelve el lenguaje.
P.¿Cree que el término ‘fascismo’ es el más preciso?
R.Si, porque nombra la realidad. Un líder que captura o intimida al poder judicial, blande la amenaza de litigios multimillonarios para disciplinar medios, presiona universidades, consigue la sumisión de grandes empresas, despliega fuerzas paramilitares contra la voluntad de gobiernos estatales, empieza a normalizar la violencia política… llámelo como quiera, pero el eufemismo no lo vuelve menos peligroso. Si creemos que cambia algo llamarlo con un término más amable, nos equivocamos.
P.¿Ve espacios de resistencia?
R.Me preocupa la capitulación global. He visto algunos gestos de liderazgo democrático fuera de Estados Unidos, y alianzas prodemocracia que podrían crecer. Y creo que importa que otros países hablen. Hay precedentes históricos: la presión internacional no convence a los fanáticos, pero sí influye en el clima interno. Eslóganes como The world is watching (El mundo está mirando) pueden erosionar la normalización del abuso, como ocurrió con la guerra de Vietnam.
P.Yo tengo más fe en las instituciones de Estados Unidos que en la presión internacional.
R.Yo no. El Congreso ha ofrecido resistencia cero: es patético. Los tribunales inferiores a veces frenan medidas, pero muchas decisiones se revierten en instancias intermedias. Y, sin embargo, la mayoría social está indignada: las encuestas muestran que una parte muy grande del país ve el rumbo como inaceptable. El trumpismo no es un proyecto mayoritario.
P.¿Y entonces dónde está la esperanza?
R.En la ciudadanía y en una nueva generación política que está aprendiendo a decir cosas simples con claridad: dignidad, derechos, justicia social. He visto surgir figuras jóvenes con una inteligencia política extraordinaria, y eso ha sido un rayo de esperanza para mucha gente. Por ejemplo, el nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Pero el desenlace depende de la política real: de elecciones, de organización, de recuperar contrapesos. Si no se recuperan, el daño puede ser enorme.
P.Si tuviera que resumir en una idea por qué releer hoy su libro sobre el mal, ¿cuál sería?
R.Porque seguimos viviendo —quizá más que nunca— dentro de esa brecha entre lo que es y lo que debería ser. Y porque, si renunciamos a nombrar el mal y a pensar cómo opera, dejamos el terreno libre para quienes lo normalizan.
El Mundo (27.01.2026)