
Trump no argumenta: actúa. Su palabra, despojada de todo ‘porque’, se impone como una razón suficiente. El poder absolutamente arbitrario.
Aproximadamente, Trump es un ser humano (copyright Manuel Vicent). Bueno, al menos lo parece. Con todo, hay dudas. Una persona normalmente constituida en el plano moral busca justificar sus actos. Cualquier argumento sirve, aunque sea malo. Así somos los humanos. Hay pruebas. En un experimento realizado en 1978 en Harvard, se comprobó. Cuando se pedía usar una fotocopiadora sin dar razón alguna, solo 60% accedía; si se añadía una justificación real («porque tengo prisa»), el porcentaje subía al 94%; y con una justificación vacía («porque necesito hacer copias»), casi lo mismo: un 93%. Lo decisivo no era la calidad de la razón, sino ofrecer una: el poder del porque.
Trump no funciona así. Su descarnado despotismo prescinde incluso de la apariencia de racionalidad. No se molesta en justificarse: lo basta con el «porque yo lo digo». Como recordaba J. L. Austin, emitir una orden es realizar un acto con fuerza propia. La orden no necesita una razón externa, porque su carácter performativo -al ser pronunciada por quien ostenta la autoridad- constituye ya su justificación. En ese mismo sentido, Trump no argumenta: actúa. Su palabra, despojada de todo porque, se impone como una razón suficiente. El poder absolutamente arbitrario.
El verdadero problema comienza cuando los humillados empezamos a disculparlo, a proporcionarle las razones que ni se molesta en aducir. Entonces se crece. Sus desplantes son descaradamente indecorosos. La imagen de los presidentes europeos en la Casa Blanca, al otro lado de la mesa, como apocados alumnos, o siendo valorados caprichosamente durante el acto de firma del acuerdo de la «finalización de la guerra», son resúmenes gráficos de conductas que nos escandalizarían en Kim Jong-un. Por no hablar de la inexistente respuesta a sus amenazas de adueñarse de Groenlandia y Canadá, territorios de la OTAN. A Putin -que ni remotamente ha dicho algo parecido- ya le hemos advertido de que iremos a la guerra cuando estemos listos. Tampoco de sus amenazas explícitas a España de dejar de protegernos por aportar poco a la Alianza, cuando, si llega el lío con Marruecos, hay indicios sobrados de que su lado no será el nuestro. (Por cierto, si comparamos las magnitudes debidamente -la aportación en proporción al PIB- resulta que EEUU es de los que menos pagan en la OTAN).
Pero lo peor es que aceptamos ese guion no solo como realista, sino como bueno. Una cosa es que así esté el mundo; otra que nos parezca bien. El mes pasado, Yolanda Díaz advirtió a Trump que cuidadito con amenazarnos. Casi todos nos reímos: otra de sus declaraciones ridículas. Si fue así, les invito a que den dos vueltas al porqué de sus risas.
El Mundo (5.11.2025)