
«España perderá Cataluña, no hay duda»: cartas inéditas a Azaña en las horas sombrías
Un libro recopila las misivas enviadas, entre 1918 y 1939, al que fuera presidente de la República por figuras como Unamuno, Valle-Inclán, Victoria Kent y Machado
«Cataluña ha de acabar, y muy pronto, por separarse del Reino de España y constituirse en Estado absolutamente independiente», escribía Miguel de Unamuno, en Salamanca, el 24 de diciembre de 1918. El célebre autor de ‘Niebla’ lo tenía claro, porque insistía en la misma idea, pocas líneas después, mediante un breve recorrido por la historia de España desde el Rey Felipe IV para justificar sus argumentos. Al final, concluía tajante: «Es justo que España pierda ahora Cataluña. Y la perderá, no me cabe la menor duda».
El destinatario de esta carta inédita hasta hoy era Manuel Azaña, entonces secretario del Ateneo de Madrid. A sus 38 años, era ya un intelectual formado y más o menos conocido, pero no se imaginaba ni por lo más remoto que acabaría convirtiéndose no solo en presidente del Gobierno durante la Segunda República, sino en uno de los líderes políticos e intelectuales más respetados y relevantes del siglo XX. Es una de las misivas incluidas en ‘Mi muy querido amigo Azaña’ (Nota al Margen), en la que se apuntan, por primera vez, las diferencias que ambos mantendrían en el futuro sobre «el problema catalán».
Veinte años después, Azaña también lamentaría esa misma deriva del nacionalismo: «La desafección de Cataluña se ha hecho palpable. Los abusos, rapacerías, locuras y fracasos de la Generalitat han pasado a dominio público». Pero no eran los únicos. Muchos intelectuales y políticos del primer tercio del siglo XX se mostraron igual de críticos con este asunto. Figuras como Juan Negrín, Emilio Castelao, Pío Baroja y Santiago Ramón y Cajal. El premio Nobel de Medicina reconoció: «Deprime y entristece considerar la ingratitud de los vascos, cuya gran mayoría desea separarse de la patria común». Y, en 1932, Ortega y Gasset: «El problema catalán no se puede resolver, solo se puede conllevar; es perpetuo y lo será mientras subsista España».
Más allá de su carta a Azaña, probablemente con ánimo de polemizar con los independentistas, Unamuno subrayó también en varias ocasiones que se sentía «doblemente español, por vasco y por español». Al mismo tiempo, renegaba del intento de los nacionalistas de imponer el catalán a todos los ciudadanos, el cual es uno de los puntos que trataba, precisamente, en la misiva de 1918. En ella, el autor de ‘Del sentimiento trágico de la vida’ informaba al secretario del Ateneo de los compromisos personales que le impedían impartir allí su conferencia sobre «la soberanía catalana en lo que se refiere al uso de la lengua, con consideraciones sobre el conflicto entre dos culturas». Y exclamaba: «¡Cuánto me gustaría hablar de todo eso ahí!», exclama.
La «cuestión catalana»
Aunque Unamuno y Azaña coincidían en los trazos gruesos de su oposición a la creciente deriva independentista, en el documento se atisban ya sus diferencias en cuanto a la forma de atajarlo. «Como Azaña pondría de manifiesto en el debate sobre el Estatuto de Cataluña en las Cortes republicanas, la ‘cuestión catalana’ debía ser resuelta en el plano político, no en el historiográfico ni mucho menos en el internacional que encarnaba la Sociedad de Naciones», explica José María Ridao, encargado de analizar esta carta en la compilación de Nota al Margen, al igual que hacen otros expertos con cada uno de los documentos.
El escritor se refería a la mención que hacía Unamuno a la pasividad de la plataforma que promovía el ingreso de España en este organismo internacional creado tras la Primera Guerra Mundial, pocos meses antes, para consolidar una paz duradera y reorganizar las relaciones internacionales. «¿Y esa Unión Democrática Española qué hace?», reprochaba. En palabras de Ridao, «Unamuno pensaba que este organismo podía constituir un marco adecuado de solución para la cuestión catalana». Y añade: «Además, en el invariable sesgo nacionalista de las posiciones de Unamuno es donde las diferencias con Azaña acabarán resultando insalvables, tanto desde el punto de vista intelectual como también desde el político».
Son, en total, once cartas escritas entre 1918 y diciembre de 1939 por figuras de la talla de Valle-Inclán, Victoria Kent, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Indalecio Prieto y Santiago Casares Quiroga, entre otros. Muchas de ellas inéditas, son una oportunidad para conocer no solo a Azaña, sino la vida cultural y política de la España de la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, la Guerra Civil y el exilio. «La parte más intelectual y literaria está en la correspondencia del primer periodo, cuando Azaña trabaja en el Ateneo y colabora en la prensa. A partir de 1930 empiezan la más política, donde vemos su papel en la llegada de la República, su etapa como presidente, su detención en Barcelona, las elecciones de 1935 y su marcha al exilio», explica Jesús Cañete Ochoa, editor de la obra y encargado de analizar la misiva de Antonio Machado.
Casares Quiroga
«En 1918 –continúa–, Azaña tenía ya hilo directo con las figuras más importantes de la generación del 98 gracias a su cargo como secretario del Ateneo y a su participación en ‘La Pluma’ y, más tarde, como encargado de reflotar la revista ‘España’ fundada por Ortega y Gasset», recuerda Cañete. De ahí que en la carta de Antonio Machado a finales de 1922, este le incluya su poema ‘Iris de Luna’ y le comente: «En lo sucesivo enviaré a ‘España’ trabajos en prosa y verso, muy conforme con las cincuenta pesetas a las que alude. No recuerdo haber cobrado más en ninguna parte».
Resulta especialmente conmovedora, también, la que Azaña recibió en el exilio francés de Santiago Casares Quiroga, otro de los presidentes de la República. El mismo que recibió el famoso telegrama de Franco, tres semanas antes de comenzar la Guerra Civil, que algunos historiadores interpretaron como un intento de avisar del golpe de Estado. Para el prestigioso hispanista Hugh Thomas, «fue una declaración del general ante la historia para justificar que había hecho todo lo posible para conseguir la paz, aunque ya supiera que era demasiado tarde». Para el escritor y periodista Julio Merino, exdirector del diario ‘Arriba’, la nota «podría haber evitado un millón de muertos si la hubiera contestado».
Casares Quiroga ya estaba instalado en París en diciembre de 1939, fecha de su carta, con la Segunda Guerra Mundial ya iniciada. Por eso le cuenta a su colega: «A mí el conflicto me cogió en Bretaña […]. En ese rincón del mundo, en que no hay más que mar abierto, rocas contorsionadas y viento permanentemente huracanado, me pasé cerca de dos meses haciendo vida salvaje y conviviendo con las gaviotas la mayor parte del tiempo. El resultado fue pasmoso, pues recuperé el apetito perdido, gané rápidamente varios kilos de peso, adquirí un tono de barro cocido digno de un cacharro de Buño y tomé un aspecto de salud y casi de juventud como no había tenido jamás».
Victoria Kent
Además, el remitente le explicaba a Azaña que, al igual que muchos desterrados, él había decidido permanecer en Europa y no marcharse a México, donde había una comunidad enorme de exiliados republicanos españoles. No quiso a pesar de que Hitler estaba a punto de invadir Francia, en una decisión que tomó, según reconoce, «por la cada vez más decidida vocación de María Victoria», su hija de 17 años. «Y acertó –subraya Cañete–, porque María Casares se convirtió en una de las estrellas más importantes del cine francés en la segunda mitad del siglo XX».
Cuenta el editor que algunos de estos documentos forman parte del lote que el Ministerio de Cultura compró hace años a un coleccionista privado y que depositó después en la Biblioteca Nacional y el Archivo Histórico Nacional. «Yo conocía su existencia y sabía que no se habían publicado, así que fui a buscarlas y a seleccionar las que me parecían más interesantes. Para conseguir otras tuve que acudir a archivos personales como los de la familia de Juan Hernández Saravia, la Fundación Indalecio Prieto o la Asociación Manuel Azaña», aclara.
Cañete destaca la carta de Victoria Kent en noviembre de 1934, cuando Azaña fue detenido en Barcelona como cómplice, según la acusación, de la proclamación del Estado Catalán por parte de Lluís Companys. Este suceso desembocó en numerosos mensajes de apoyo como este que le envió la ya ex diputada y abogada feminista: «No puedo dejar pasar estos momentos dolorosos para usted sin expresarle mi profundo sentimiento por la desgracia que le conmueve. He tenido, desde que usted se marchó, muchos deseos de expresarle mi adhesión y afecto, y siempre me ha detenido el temor de proporcionarle una nueva molestia. [Pero] usted no necesita unas líneas para saber los que tiene a su lado, sé que no necesita de ningún signo para reconocernos y estoy segura de que le consta mi devoción y mi lealtad».
ABC (23.03.2026)