
Cuando las naciones descarrilan
Afortunadamente la sociedad conoce lo que han costado los derechos humanos
Moshe Zimmermann, un historiador israelí especialista en el nacionalismo alemán, ha apuntado ciertos paralelismos entre la deriva alemana en los años treinta y la israelí unas décadas más tarde. Lo hace en el marco de un proyecto sobre «cómo las naciones enloquecen».
En la Conferencia Internacional de Prevención de los Genocidios, en 2004, quien fuera secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, admitió que los genocidios de Srebrenica y Ruanda eran especialmente vergonzosos y que no había tarea más importante, ni obligación más perentoria que la prevención del genocidio.
Hace treinta años el genocidio de Srebrenica fue el desenlace de un descarrilamiento del nacionalismo serbio, que enterró en pocos años el lema yugoslavo ‘Unidad y Fraternidad’. En esa localidad bosnia, declarada zona segura por Naciones Unidas, fueron asesinadas unas 8.500 personas, entre ellas cientos de niños. Dos figuras representan las actitudes del momento, excluidos los perpetradores: la vergonzante del enviado especial de Naciones Unidas Yasushi Akashi, que se contentó con «deplorar la caída de Srebrenica y la venidera de Zepa», y la del relator para los derechos humanos Tadeusz Mazowiecki, que presentó su dimisión en julio de 1995 por la pasividad cómplice de Europa y de la Comunidad Internacional. Para Mazowiecki lo acontecido en Bosnia (y en Ruanda un año antes) constituía un atropello al orden humanitario internacional y al principio de la civilización que se había reconstruido tras la catástrofe de Auschwitz.
El 21 de noviembre de 1995 se alcanzaron en EEUU los Acuerdos de Dayton que ponían fin a tres años de guerra en los Balcanes, con dos aspectos a destacar. El primero, que la distribución territorial en Bosnia y Herzegovina validaba la demarcada por la acción militar, con lo que se premiaba a los agresores; el segundo, que Europa no pintó nada, una trayectoria consumada en la irrelevancia en lo concerniente a Gaza; lo que da pie para el tercer escenario de interés.
Dos semanas antes de la reunión de Dayton fue asesinado el primer ministro israelí Isaac Rabin, como lo sería algo después Zoran Djindjic en Serbia o lo había sido en las vísperas del descarrilamiento alemán Walter Rhatenau. El magnicidio de Rabin marcó el punto de inflexión hacia el descarrilamiento nacional de Israel, que materializaría la victoria de Netanyahu al año siguiente, convirtiéndolo en el primer ministro más longevo y, en su versión actual, con el gobierno más extremista de la historia. Los acontecimientos de ese semestre de 1995 parecen haber marcado el punto de inflexión hacia el vendaval antidemocrático que convulsiona al mundo.
Los casos señalados permiten extraer una plantilla común en las naciones descarriladas: elección étnica a partir de una mitología identitarista, ambición territorial (Lebensraum, Gran Israel, Gran Serbia), supremacismo, fijación en los enemigos, victimismo (es decir, bula de inocencia), belicismo, deshumanización del otro y expulsión del perímetro de obligación moral. No todas las naciones descarriladas llevan a cabo masacres, como se mostró en el Brexit o el ‘procès’, pero todas las masacres son llevadas a cabo por naciones descarriladas -o grupos descarrilados de nacionalistas, como los miembros de ETA o de Hamás-, que alcanzan ese punto máximo en la escala de la crueldad en virtud del silencio de la mayoría y de la impunidad de parte de quienes pueden y tienen la obligación de castigar los crímenes. En Srebrenica fueron asesinadas 8.500 personas mientras Sarajevo sufrió un cerco durante tres años y diez meses. Compárense con las cifras para Gaza.
Un síntoma del descarrilamiento es que las mentes afectadas se vuelven ciegas a su propio accidente y presas fáciles de líderes seductores que les hacen berrear como los rinocerontes de la pieza de Ionesco. Solo desde fuera se ve el descarrío. Lucidez considerada producto del odio hacia ellos por los enceguecidos. La particularidad del momento reside en que, dada la proliferación de naciones descarriladas -entre ellas las más poderosas- y con unos instrumentos de comunicación como las redes que funcionan como guardagujas enloquecidos, la capacidad de avisar del incendio, según la fórmula de Walter Benjamin, se ve trágicamente mermada.
Primo Levi previno de que no basta el voluntarismo del ‘Nunca más’. «Ha ocurrido y puede volver a suceder, esto es la esencia de lo que tenemos que decir», escribió. Ha vuelto a suceder. Las naciones descarrilladas incuban huevos de serpiente, mientras los silbidos del ofidio siguen camelando a batallones de incautos anestesiados por los alquimistas del malestar. Ningún Godot vendrá a salvarnos. Afortunadamente, hay una sociedad civil con memoria, con conciencia del valor que han supuesto y el precio que han costado conquistas como los derechos humanos y el respeto a la dignidad de las personas
Martín Alonso es autor de ‘El rabo mueve al perro. Israel y Estados Unidos en el devenir de Oriente Próximo’.
El Correo (18.12.2025)