
La ética de las trincheras no debería regir en cuestiones tan necesitadas de matices como las investigaciones: Hay que defender la ciencia como una empresa colectiva y la verdad como fruto del desacuerdo razonado
Algún día habrá que inventariar los trastornos intelectuales que acompañaron al Covid. Entre los más destacados, destacó un imposible debate –los debates imposibles, al carecer de solución, son los más entretenidos– acerca de la capacidad científico-técnica de los sistemas económicos para abordar los retos civilizatorios. Las respuestas, acorde con los nuevos tiempos de guerra fría, eran solemnes y rotundas. Por lo directo, las vacunas demostraban la superioridad del capitalismo (o del socialismo). Así, a lo bestia, sin matices ni cautelas. Un estilo que no es nuevo. A diario leemos deducciones que –naturalmente sin precisar detalles causales– en nombre de los genes nos dan cuenta de lo humano y lo divino. O, por acordarnos de tonterías más clásicas: ¿cuántas veces, tras un tiroteo en una escuela de Estados Unidos, hemos escuchado a algún rústico progresista con vocación de rabino culpar al individualismo –o a la falta de valores– de las sociedades capitalistas?
Torpezas, cuando no deshonestidades intelectuales. Como nos enseñó Einstein: «Todo debe hacerse tan simple como sea posible, pero no más simple». O, para decirlo con el léxico de la filosofía de la ciencia, una cosa es la parsimonia, la navaja de Ockham, y otra el hachazo, la simpleza. Las comparaciones entre sistemas económicos, en términos tan grandilocuentes, no son resolubles. Es cierto que los resultados empíricos disponibles algo ayudan. Disponemos de algunos (número de patentes, producción científica, ingenieros, talento STEM, tecnologías clave, etc.) que, si algo muestran, es que China y la India se disparan respecto a EEUU. Pero son datos en bruto que prueban muy poco, con muchas cláusulas ceteris paribus. Si acaso, permiten descartar conjeturas. Es más fácil saber por qué algo no funciona –descartar explicaciones– que detallar por qué funciona.
En el fondo, las discusiones, cuando alcanzaban alguna precisión –pocas veces–, se limitaban a contraponer el individualismo y la competencia, supuestamente propios del capitalismo, con el colectivismo y la planificación, atribuidos al socialismo. Una dicotomía aparentemente clara, pero que, mirada de cerca, tampoco ayuda mucho: en el plano teórico, conocemos modelos tanto de socialismo de mercado (Lange, Roemer) como de capitalismo planificado (Keynes, Rodrik); y en el práctico, encontramos ejemplos de socialismo de mercado como China o Vietnam, así como experiencias de planificación en economías capitalistas, como las economías de guerra o los planes de desarrollo del franquismo. Por no hablar de confusiones analíticas más serias. Y muy extendidas. Sin ir más lejos, en contra de la opinión común, normativamente el socialismo no solo no está reñido con el individualismo moral, sino que resulta inseparable de él. Recuerden: «De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades». Cada cual.
Con todo, algo podemos decir si modestamente nos ceñimos a dominios más acotados. Por ejemplo, que la ciencia es una empresa cooperativa. Una condición que se puede constatar desde diversas perspectivas. Para empezar, porque, como mostró el premio Nobel de Economía Kenneth Arrow, la ciencia, en su núcleo más esencial, presenta características de bien público. Por definición de ciencia, no cabe privar a nadie de su consumo-conocimiento: las teorías deben ser demostradas, esto es, resulta obligado explicitar los procedimientos y los resultados (entre otras razones, para poder controlar los experimentos y los argumentos que las avalan). Los miembros de la comunidad científica no pueden ser excluidos del acceso a las teorías (las tecnologías y las patentes son ya otra cuestión). Para disfrutar del mérito de descubrir una teoría, debemos renunciar al privilegio de poseerla en exclusiva.
Hay otra razón, no menos esencial, para que la ciencia básica sea un empeño público: no puede prometer resultados ni plazos. No cabe decir: «El año que viene dispondremos de la teoría que unifique la mecánica cuántica con la relatividad». Si supiéramos de antemano los descubrimientos, no serían descubrimientos. Y, claro, si no podemos garantizar resultados –y además, cuando lleguen, serán de acceso universal–, ¿cómo justificar la inversión? Especialmente en tiempos de big science, cuando la investigación requiere, salvo en ciertas áreas de las matemáticas, ingentes recursos.
Pero, además, la ciencia es un empeño colectivo por razones de principio, epistémicas. Lo admitió Newton con frase acuñada para el mármol: «Si he visto más lejos, es por estar sobre los hombros de gigantes». Una afirmación que es algo más que una ocurrencia, como precisarían con el tiempo filósofos de la ciencia como Duhem o Quine. Cualquier experimento u observación pone a prueba un conjunto de hipótesis en su totalidad, no una sola de ellas. El conocimiento humano se apuesta entero en cada avance de la investigación. La policía, en sus investigaciones, cuando analiza el ADN, se cree a Watson y Crick. El biólogo molecular que investiga la estructura de una célula no duda de un microscopio electrónico: es ciencia sedimentada. Una herramienta que, a su vez, reposa en una trama de conocimientos como la teoría onda-partícula y las leyes del electromagnetismo. Y estas, a su vez, en el cálculo, la teoría de la probabilidad, el álgebra lineal y hasta la modesta aritmética. En el más reciente experimento de un biólogo molecular están convocados –y emplazados– Ruska, Broglie, Maxwell, Fourier, Schrödinger, Kolmogórov y hasta Peano. Lo que aquel campesino le dijo a Giner de los Ríos (y a Unamuno y Pedro Salinas): «Todo lo sabemos entre todos».
Que sea una empresa cooperativa no quiere decir que los científicos sean altruistas o fanáticos amantes de la verdad. En realidad, los investigadores suelen incurrir en un sesgo de confirmación: solo prestan atención a la información favorable a sus ideas y descartan aquella que las contradice, especialmente al inicio de su investigación, cuando los retos son abundantes. Se ven casi obligados a «creer a ciegas» en sus teorías, porque solo si confían plenamente en sus hipótesis hoy podrán encontrar, tras investigar, las razones que las respalden mañana. Como en el amor, para que me entiendan: se elige una compañía «para toda la vida» antes de que esa vida comience. Y en ese empeño, los científicos no se andan con miramientos: su meta no es tanto hallar la verdad como convencer a los demás. Creen firmemente en sus tesis –por eso las sostienen y no otras– e intentan abrumar con datos y argumentos. Pero juegan con ventaja: disponen de mejor información acerca de sus tesis. Un sesgo en la producción de teorías que es compatible con un afán de verdad al evaluar las de los demás. Así, mientras las distorsiones afectan a cómo generamos razones, nuestra capacidad para evaluar los argumentos ajenos permanece intacta: amamos la verdad al juzgar a otros, pero no tanto al defender lo propio. La paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. En este contexto, la verdad emerge como un resultado colectivo, fruto de las discrepancias y el conflicto, donde cada uno defiende sus tesis y cuestiona las de los demás. La verdad es un producto colectivo. Una colaboración sin santos.
Por supuesto, los hay altruistas. Anaxágoras, Copérnico, Bruno, Servet y Galileo se jugaron algo más que su expulsión de una comunidad científica, que por lo demás no existía. Más modestamente, la wiki es un empeño cooperativo de personas anónimas. Pero eso no quita para la existencia de incentivos, casi siempre ajenos al dinero: la reputación, los viajes académicos (cada vez más difíciles de justificar apelando al conocimiento en tiempos de internet), la libertad de horarios, etc. Incluso, cuando nos acercamos a la tecnología, a las patentes, el dinero empieza a importar. Y aumenta el poder corruptor. Las farmacéuticas están especializadas. Sin ir más lejos, en nuestro país, el 43% de los investigadores en biomedicina en España admiten haber incurrido en algún tipo de mala conducta científica.
Pero eso son otros terrenos. Mi moraleja es bien modesta: prudencia en las preguntas y en las respuestas. Basta un modesto afán de verdad que no exige santidad. Como en la ciencia. La ética de las trincheras –quizá comprensible en la opinión urgida por la deprimente actualidad– no debería regir en cuestiones tan necesitadas de matices. Aquí no toca repetir, cada mañana, lo del mítico columnista ante la máquina de escribir: «¡Se va a enterar Stalin!». A Stalin lo mató una hemorragia cerebral masiva y su propio terror, que impidió una reacción a tiempo.
El Mundo (25.07.2025)