El origen de la superioridad moral de la izquierda
La izquierda reaccionaria, aferrada a la defensa de las identidades, es contraria al debate democrático. Descarta la posibilidad de entendimiento. Y es ahí donde asoma la perversa superioridad moral.
En contra de una opinión muy extendida, los ricos no son moralmente peores que los pobres. Y para malos malos, los ricos que vienen de pobre: simpatizan menos con los pobres que los ricos de toda la vida. Tampoco es verdad que los ricos sean más egoístas que los pobres. Ni que tengan peor disposición social. Al menos eso muestran diversas investigaciones empíricas y experimentos sociales que, por una vez y porque son muchos, me ahorro citar. Todos parecen avalar la conclusión de que -para decirlo a la antigua manera- los proletarios no son buena gente.
De conocer esas investigaciones, la derecha más rudimentaria recibiría con entusiasmo la conclusión. Lo veo venir: «¡Menos superioridad moral, izquierdistas!». Es la derecha que cansinamente repite que «el socialismo busca igualar por abajo». O que cree «demostrar» algo cuando presenta a Marx como una suerte de Pedro Luis de Gálvez, sablista del pagafantas de Engels, sin atender a los datos ni a los conceptos, comenzando por el de coste de oportunidad: el judío de Tréveris rechazó la generosa propuesta -soborno- de Bismark para «trabajar» como corresponsal económico del Der Staats Anzeiger, periódico oficial prusiano. Prefirió la ayuda de su amigo, genuinamente fraternal, esto es, libre y voluntaria.
Pero se entiende. La estúpida superioridad moral de la izquierda se merece una respuesta a su mismo nivel intelectual. Ni unos ni otros parecen entender que la crítica socialista al capitalismo no es una historia de buenos y malos. El Manifiesto Comunista está repleto de elogios a una «burguesía (que) ha desempeñado un papel verdaderamente revolucionario», una burguesía cuyo régimen, desde «que se instauró, ha echado por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas […]. Ha echado por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada del cálculo egoísta». Por cierto, en aquel elegante panfleto la palabra «igualdad» aparece sólo una vez. De manera despectiva.
La confusión es muy común. Una cosa son las reglas de juego y otras los jugadores. La vida está llena de relaciones y dinámicas perversas sin actores perversos. Los estudiantes, obligados a competir por inútiles másteres, son las primeras víctimas de una irracional carrera de la que les resulta imposible apearse. Se puede -y se debe- condenar el machismo sin culpar a los hombres. Más en general: criticar unas relaciones que reproducen situaciones injustas es compatible con compadecer a sus protagonistas. Los aristócratas que el 4 de agosto de 1789 votaron la abolición del feudalismo condenaban la sociedad estamental de la que eran beneficiarios. Y aristócratas de origen eran buena parte de los más renombrados revolucionarios del siglo XIX.
No hay superioridad moral en los de abajo. Al revés, se puede censurar un sistema precisamente porque degrada a los excluidos, por envilecerlos. El lumpenproletariat, tan despreciado por Marx. El clásico compromiso de la izquierda con los trabajadores no apelaba a una superioridad moral de clase. Respondía, fundamentalmente, a que, a su parecer, los intereses de los trabajadores apuntaban en la misma dirección que los de la humanidad: su liberación era la de todos en una sociedad futura caracterizada por el crecimiento sin trabas, en la que, en abundancia, todos podrían ver satisfechas sus necesidades. Las mismas razones que explicaban los elogios a los capitalistas: durante buena parte de la historia sus intereses coincidieron con los de todos. Un vínculo circunstancial, no necesario. Como se diría modernamente, había incentivos compatibles. Y, por lo mismo, separables. Según los socialistas del XIX, ese último vínculo había comenzado a romperse. Por cierto, esa era también la opinión de un Adam Smith mucho más igualitarista de lo que nos cuentan sus entusiastas. Según el escocés, a largo plazo, los intereses de los capitalistas dejarían de estar alineados con los intereses de la sociedad (renta nacional). Lo ha documentado concluyentemente Branko Milanovic, economista sabio y con principio de realidad, en Miradas sobre la desigualdad (2023).
La argumentación de Marx se sostiene en un entramado de teorías y supuestos empíricos con serios problemas. Debilidades que no afectan a la tesis, independiente, de la divergencia entre los intereses de los ricos y los comunes. Los capitalistas van a lo suyo, a obtener beneficios. Unas veces coinciden con los intereses de todos y otras no. La prioridad de los fabricantes de tabaco -y de muchos fármacos- es su cuenta de resultados. Los empresarios no son benefactores que, por ejemplo, quieran «crear empleo». O lo hacen de la misma manera en la que los futbolistas refuerzan la industria textil (pantalones cortos) o los ajedrecistas, la carpintería (sillas y mesas). No perdamos la perspectiva. En rigor, quienes ofrecen trabajo (la curva de oferta, de pendiente positiva) son los trabajadores; los capitalistas, que no lo tienen, lo demandan (la curva de pendiente negativa).
Pero lo que ahora me interesa es el guion general: la prioridad de los socialistas eran los intereses de todos, «el género humano» de La Internacional. Un punto de vista universal por racionalista. El socialismo se entendía como ahondamiento de la tradición ilustrada y democrática. Como la causa de la libertad, que no otra cosa es la emancipación: escapar a las determinaciones de origen, a la particular biografía. De ahí la oposición de los conservadores informados, defensores de tradiciones que, por definición, singularizan, diferencian. Para ellos, cada pueblo tiene su especial Volksgeist, una identidad inmutable e incomprensible para los otros. Cada cual encapsulado en su mundo. A los socialistas, como a los revolucionarios franceses, la idea de una perspectiva parcial y, a la vez, moralmente privilegiada, les resultaba ajena, cuando no inconsistente. Es lo que sucede con trastornos como «la justicia con perspectiva de género». Si me la pueden explicar, si a un varón le resulta inteligible, entonces el argumento es de validez universal, no hay «género» epistémicamente privilegiado. Y si no la puedo entender por principio, por mi sexo, ni siquiera cabe la conversación. El debate democrático presume el supuesto de una razón compartida, de un entendimiento común. Los conservadores sabios desconfían de esa posibilidad y si, son consecuentes, acaban por despachar a la razón cuando se trata de ordenar la vida pública.
La izquierda reaccionaria, aferrada a la defensa de las identidades, es esencialmente contraria al debate democrático entendido como ejercicio de la razón pública. Si descarta la posibilidad de entendimiento, si cada uno está inevitablemente preso en la jaula de su singularidad, para qué intentar lo imposible. Y es ahí donde asoma la perversa superioridad moral. Puesto que no contempla la posibilidad de mostrar que unas ideas (las suyas, para empezar) sean mejores que otras, desplaza la disputa (moral) al trato con las ideas: yo defiendo las mías porque soy bueno, porque me las creo de verdad, mientras que los demás (la derecha y la extrema derecha, ya saben) defienden las suyas por turbios motivos. Ellos no son buenos; nosotros, sí. Y contra los malos está justificado cualquier procedimiento. Y sin quererlo, al orillar el debate, degradan sus tesis por falta de exposición a las críticas. Un perverso círculo vicioso al que se han entregado en los últimos años.
Y no importa que realmente sean santos y buenos. La calidad moral de las ideas no depende de calidad moral de sus defensores. Incluso cuando se comprometen seriamente con ellas. Un testimonio no es un argumento. El talibán está dispuesto a morir por sus majaderías. Las tesis teológicas cristianas son (algo) mejores gracias a los libros de Tomás de Aquino, Plantinga o Van Invawgen, no a los eremitas del desierto o a los mártires del Coliseo.
Pero no nos engañemos: nuestra izquierda ni siquiera se mueve en esas coordenadas. Talibanes o mártires, con sus actos, mostraban que creían seriamente en lo que decían. Poco que ver con el (rentable) paso por las instituciones de unos políticos sin coste de oportunidad; vamos, que no tenían donde caerse muertos. Lo suyo es toreo de salón. Su superioridad moral es un modo de evitar la discusión: si somos mejores, ni nos molestamos. Pero casi peor es que, en esas condiciones, tan poco heroicas, piensen sinceramente que son mejores; en ese caso el diagnóstico es sencillo: son imbéciles. O nos toman por tales.
El Mundo (5.09.2024)
